Por Ricardo Reyes.
La Inversión Extranjera Directa (IED) ha sido durante décadas uno de los pilares del crecimiento económico mexicano. Desde la firma del TLCAN en 1994, México se convirtió en un destino atractivo para las cadenas globales de valor, especialmente en manufactura avanzada, automotriz y electrónica. Sin embargo, la evolución reciente de la IED —tanto en monto como en composición y origen— debería encender todas las alarmas en el país.
1. El estancamiento en cifras absolutas y relativas
Aunque México sigue captando montos importantes de IED (24,978 mdd en los primeros nueve meses de 2025, según datos preliminares de la Secretaría de Economía), el crecimiento real es prácticamente nulo cuando se ajusta por inflación y tipo de cambio. En términos del PIB, la IED como porcentaje ha caído de manera sostenida: pasó de representar cerca del 3-3.5 % del PIB en los años 2006-2014 a apenas 1.8-2.1 % en el periodo 2021-2025. Eso es menos de la mitad de lo que reciben economías comparables como Vietnam (6-8 % del PIB) o incluso Brasil y Colombia en sus mejores años.
2. El peligroso cambio en la composición: reinversión vs. nueva inversión
El dato más alarmante no es el monto total, sino su desglose:
- Más del 60 % de la IED reciente corresponde a reinversión de utilidades.
- Solo alrededor del 30-35 % es inversión nueva (greenfield o expansiones importantes).
- Las fusiones y adquisiciones (M&A) han prácticamente desaparecido como canal relevante.
Esto significa que México ya no está atrayendo nuevas plantas, nuevas líneas de producción ni nuevos centros de investigación y desarrollo en la magnitud que lo hacía antes. Las empresas que ya están aquí reinvierten parte de sus ganancias (algo natural), pero pocas deciden apostar fuerte por México como destino de expansión futura.
3. La concentración geográfica y sectorial se acentúa
La IED se concentra cada vez más en seis entidades (Nuevo León, Ciudad de México, Jalisco, Baja California, Chihuahua y Estado de México) que captan más del 75 % del total. El resto del país, especialmente el sur-sureste, recibe migajas. Sectorialmente, la manufactura sigue dominando, pero dentro de ella hay una peligrosa dependencia del sector automotriz (casi 40 % de la IED manufacturera), justo cuando la transición a vehículos eléctricos está reconfigurando cadenas globales y China está captando la mayor parte de la nueva inversión en baterías y componentes electrónicos.
4. El cambio en el origen del capital: de Estados Unidos y Europa hacia… ¿nadie?
Históricamente, Estados Unidos aportaba el 40-45 % de la IED y Europa otro 30-35 %. En 2024-2025 esa participación conjunta ha caído por debajo del 60 %. ¿Quién está llenando el vacío? Nadie. Ni China (que representa menos del 2 %, muy por debajo de lo que invierte en Brasil o Chile), ni los países árabes, ni los fondos asiáticos están apostando significativamente por México. El nearshoring que tanto se anunció en 2021-2023 se materializó solo parcialmente y, sobre todo, en forma de reinversión de empresas ya establecidas, no de nuevas llegadas.
5. El impacto del entorno institucional y regulatorio
La incertidumbre jurídica en energía, minería y contratos de asociación público-privada, junto con la percepción de arbitrariedad regulatoria, ha hecho que México salga sistemáticamente de los radares de decisión de inversión en proyectos intensivos en capital y largo plazo de maduración. El Índice de Confianza del Inversionista Extranjero (ICEF de la AMCham y otras cámaras) lleva cuatro años consecutivos en terreno negativo.
Conclusión: estamos viviendo de las rentas del pasado
México está consumiendo el capital reputacional y físico que acumuló entre 1994 y 2018, pero no está renovándolo. La IED actual es en gran medida inercia: empresas que ya tienen plantas aquí siguen reinvirtiendo lo mínimo necesario para mantenerse competitivas, pero cuando toca decidir dónde ubicar la siguiente gran fábrica de semiconductores, baterías o centros de datos, México casi nunca está en la lista final.
Si no se revierte esta tendencia —mediante un cambio radical en certeza jurídica, infraestructura logística competitiva y una política industrial clara—, en menos de una década México habrá perdido su posición como uno de los principales receptores de IED en América Latina. Y cuando eso ocurra, el impacto en empleo calificado, exportaciones y crecimiento potencial será irreversible.
La evolución de la IED no es solo un indicador económico más: es la señal más clara de que México está dejando de ser visto como el lugar donde vale la pena invertir a futuro. Y eso sí debería preocuparnos profundamente.
